Reflexión del Evangelio según san Lucas 14:25-33

Reflexión del Evangelio según san Lucas 14:25-33

En el Evangelio (Lc 14:25-33) Jesús habla de las condiciones para ser su discípulo, así: 1) Quien quiera ser discípulo de Jesús, debe odiar a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida. Parece una fuerte exigencia pero se trata de un amor preferente, el amor a la familia permanece pero siendo subordinado al de Jesús, quien sabe que sí se es capaz de amar a Dios sobre todas las cosas se es capaz de amar al prójimo realmente; 2) Cargar con la cruz y seguirlo, porque la gloria del discípulo está en la Cruz de Jesús donde uno se niega para el mundo y el para el mundo; esto es hacer la Voluntad de Dios y no la de uno; 3) Renunciar a todos los bienes para seguir a Jesús. Para ello, Jesús se vale de dos parábolas para ayudar a reflexionar a las personas sobre la toma de la decisión, a saber: a) Para edificar una torre, primero se requiere hacer los cálculos de los gastos, no sea que iniciada la obra no se pueda terminar y; b) Un rey que va a salir a la guerra en contra otro rey, debe antes deliberar si con diez mil puede salir al paso a quien viene veinte mil, pues sino pedirá la paz. Así las cosas, seguir a Jesús no es un simple fenómeno cultural o una euforia colectiva sino una verdadera opción personal, una decisión de vida donde Jesús es la única opción fundamental para el ser humano pero a ello se llega, cuando se comprende que la Voluntad de Dios da el sentido verdadero a la vida y se renuncia a todo lo demás. Ahí se tendrá total libertad interior de corazón para orar como santa Faustina: «Oh voluntad de Dios omnipotente, Tú eres mi deleite, Tú eres mi gozo, cualquier cosa que me dé la mano de mi Señor la aceptaré con alegría, sumisión y amor.- Tu Santa Voluntad, es mi quietud, en ella se encierra toda mi santidad, y toda mi salvación eterna, ya que cumplir la voluntad de Dios es la mayor gloria. La Voluntad de Dios son sus distintos deseos, mi alma los cumple sin reserva, porque éstas son sus divinas aspiraciones en los momentos en que Dios concede sus confidencias. Señor, haz de mi lo que te agrade, no te pongo ningún impedimento ni restricción, porque tú eres todo mi deleite y el amor de mi alma, y yo, igualmente, derramo ante Ti el torrente de mis confidencias.» Num. 1004 DSF