Reflexión del Evangelio según san Juan 1:1-18

Reflexión del Evangelio según san Juan 1:1-18

En este último día del año, el Evangelio (Jn 1:1-18) expone que en el principio existía la Palabra, la cual estaba junto a Dios, y era Dios. Todo se hizo por la Palabra y sin ella no se hizo nada; es decir la vida nace de la Palabra y la vida es la luz de los hombres, que brilla en las tinieblas, que no la vencen. Juan Bautista vino para ayudar al pueblo a que descubriera y saboreara esta presencia luminosa y consoladora de la Palabra de Dios en la vida. Su testimonio fue tan importante, que mucha gente pensaba que él era el Cristo. Así como la Palabra de Dios se manifiesta en la naturaleza, en la creación, también se manifiesta en el mundo, esto es, en la historia de la humanidad y, en particular, en la del pueblo de Dios, que fue incapaz de reconocer y recibir la Buena Nueva, esa presencia luminosa de la Palabra de Dios. Por eso, cuando las personas se abren y aceptan la Palabra, se vuelven hijos de Dios, no por sus propios méritos, ni por ser de la raza de Israel sino por el simple hecho de confiar y creer que Dios, en su bondad, las acepta y acoge. Ese poder de la gracia de Dios, no quiso quedarse lejos del hombre sino que se hizo presente en medio de nosotros en la persona de Jesús, el Dios encarnado que puso su morada entre nosotros. Así Jesús, pleno de gracia y de verdad revela a Dios, presente en todo, desde el comienzo de la creación. Es urgente recuperar el carácter luminoso de la fe, pues cuando se apaga, todas las demás luces se oscurecen, esto por cuanto la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre, ya que proviene de Dios. Pero la fe nace del encuentro con el Dios vivo, que llama y revela su amor; un amor que precede y donde uno se puede apoyar para estar seguro de construir la vida, donde se cumple la gran promesa de plenitud y esa debe ser la mirada al futuro. Esta debe ser la actitud del creyente ad portas de finalizar e iniciar cualquier actividad, como un año civil, volver su mirada a la Palabra hecha carne y poner toda su fe en Dios: ¡Jesús, en Tí confío!