Reflexión del Evangelio según san Juan 1:1-18

Reflexión del Evangelio según san Juan 1:1-18

En este último día del año civil, culmina la gran celebración de la Infraoctava de Navidad que comenzó con la Vigilia que se realizó la noche del 24 de diciembre; por eso, de nuevo, la Iglesia invita a reflexionar en el Evangelio en la segunda persona de la Santísima Trinidad, Jesucristo, que según san Juan es la Palabra y habitó entre nosotros (Jn 1:1-18): así: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y clama: “Este era del que yo dije: El que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo.” Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia. Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado.» Así las cosas, Jesús que es la Palabra, existe desde el principio, estaba junto a Dios, y era Dios; por la Palabra todas las cosas fueron hechas y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe, pues en la Palabra esta la Vida, es la Luz de los hombres que brilla en las tinieblas y estás nunca la vencen, aunque a veces la Luz no sea percibida, por la oscuridad que habita en el mundo: El pecado. Luego, la Palabra de Dios se manifiesta desde la Creación de la naturaleza, también en el mundo, esto es, en la historia de la humanidad y, en particular, en la del pueblo de Dios, que aunque sea incapaz de reconocer y recibir la Buena Nueva, es presencia luminosa de la Palabra de Dios. De ahí que, cuando las personas se abren y aceptan la Palabra en sus vidas, se convierten en hijos de Dios, no por sus propios méritos, ni por ser del pueblo de Israel sino por el hecho de abandonarse confiadamente y creer en Dios, en su bondad, quien las acepta y acoge con su infinita Misericordia. Ese poder de la Gracia de Dios, no quiso quedarse lejos del hombre sino que se hizo presente en medio de nosotros en la persona de Jesús, el Dios encarnado que puso su morada entre nosotros y habita entre nosotros, pues Jesús, pleno de Gracia y Verdad revela a Dios, presente en todo, desde el comienzo de la Creación. Sin embargo, esa Luz se disipa en la oscuridad del diario vivir del ser humano que no es capaz de mantenerse unido a Jesús e incluso al estar alejado de Dios pierde la fe; por ende, es urgente recuperar el carácter luminoso de la fe, pues cuando se apaga, todas las demás luces se oscurecen, esto por cuanto la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia de la persona; valga recordar que proviene de Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que llama y revela su amor; un amor que precede y donde uno se puede apoyar para estar seguro de construir la vida, donde se cumple la gran promesa de plenitud y esa debe ser la mirada al futuro. Esta debe ser la actitud del creyente ad portas de finalizar e iniciar cualquier actividad, como un año civil, volver su mirada a la Palabra hecha carne y poner toda su fe en Dios. Por ello, cabe traer a colación esta experiencia de santa Faustina: “Al sumergirme en la oración, fui trasladada en espíritu a la capilla y vi al Señor Jesús expuesto en la custodia; en lugar de la custodia veía el rostro glorioso del Señor y el Señor me dijo: Lo que tú ves [en] realidad, estas almas lo ven a través de la fe. Oh, qué agradable es para Mi su gran fe. Ves que aparentemente no hay en Mi ninguna traza de vida, no obstante, en realidad ella existe en toda su plenitud y además encerrada en cada Hostia. Pero para que Yo pueda obrar en un alma, el alma debe tener fe. Oh, cuánto Me agrada la fe viva.” Num. 1420 DSF ¡Jesús, en Tí confío!