Reflexión del Evangelio según san Juan 3:31-36

Reflexión del Evangelio según san Juan 3:31-36

El Evangelio (Jn 3:31-36) trae las palabras de Juan el Bautista: «”El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él.”» Con lo cual, Juan el Bautista señala la validez y la autoridad que tiene la enseñanza de Jesús e incluso afirma: “El que cree en el Hijo tiene Vida Eterna”. Ahora bien, cabe señalar que la validez y autoridad que tiene Jesús para hablar de Dios se fundamenta en tres realidades: 1) Jesús viene del Cielo: “El que viene de arriba está por encima de todos” y “da testimonio de lo que ha visto y oído”. Jesús habla a partir de lo que oye del Padre. Sus palabras son una transparencia total. Sin embargo, sus adversarios, por no tener apertura a Dios y agarrarse a sus propias ideas, no son capaces de comprender el significado profundo de las cosas que Jesús vive, dice y hace; 2) Dios lo ha autenticado con la unción del Espíritu Santo: “El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida”. Es el inicio de la nueva creación, Jesús dice las palabras de Dios y nos comunica el Espíritu sin medida. Luego, es a través de su Pasión, Muerte y Resurrección, que Jesús conquistó el don del Espíritu para la humanidad pero es mediante el bautismo que se recibe el mismo Espíritu de Jesús; y, 3) Dios Padre coloca en su Hijo Jesús ésta responsabilidad: “El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano”. Detrás del amor del Padre hacia su Hijo, está también el amor por la humanidad. Así las cosas, hay que aceptar y transmitir el mensaje de Jesús, que en últimas es su testimonio, donde se evidencia la coherencia absoluta entre su pensamiento, sus palabras y su actuar. No existe excusa alguna para no hacerlo. De ahí que la responsabilidad del hombre sea grande: Aceptar a Jesús para entrar enseguida en una relación con Dios, que le lleva a la participación plena de la Vida Divina. No hacerlo es autojuzgarse y excluirse de la Vida. La participación en la Vida Divina, no es otra cosa que tener fe en Jesús, quien conduce a la Vida Eterna, la cual comienza acá en este mundo; es decir en esta vida terrena, pues es la preparación para el momento de la resurrección final; por ende, quien rechaza a Jesús, rechaza la Vida Eterna y renuncia al camino verdadero que conduce a la felicidad y la plenitud del ser humano. Creer en Jesús para alcanzar la Vida Eterna, significa poner toda la confianza en Él, de modo tal que el día del Juicio no pesa sobre el creyente porque ya ha sido juzgado, con un juicio favorable. De hecho, por medio de los sacramentos, el ser humano se inserta en el Misterio Pascual de Cristo (Su Pasión, Muerte y Resurrección), esto es, participa de la vida nueva, la vida del Resucitado; entonces se debe creer y confiar plenamente en Jesús, para así, hacer la Voluntad Divina, que es el Amor y la Misericordia mismos. Por ello, siendo consciente que sólo Jesús es el Único capaz de guiarme a la Vida Eterna, vale la pena elevar la súplica que santa Faustina hizo a Jesús: “Oh Jesús mío, enséñame a abrir las entrañas de la Misericordia y del Amor a todos los que me lo pidan. Oh Jesús, mi Guía, enséñame que todas las plegarias y obras mías tengan impreso el sello de tu Misericordia.” Num. 755 DSF ¡Jesús, en Ti confío!