Reflexión del Evangelio según san Juan 14:21-26

Reflexión del Evangelio según san Juan 14:21-26

El Evangelio (Jn 14:1-12) narra que en el marco de la Última Cena, Jesús dijo: «“No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino.” Le dice Tomás: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Le dice Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.” Le dice Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta.” Le dice Jesús: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre.”» Comienza este pasaje con esta exhortación de Jesús: “No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino.” Con ello pretende animar a cada uno de los discípulos a superar la perturbación ante las dificultades, los artilugios, las contrariedades y las divergencias diarias que se presentan en el camino de la vida; toda vez que en especial es allí donde el discípulo no puede perder de vista que lo más importante para ir creciendo en su alma hacia Dios, es creer en Jesús como la plena y total revelación de Dios Padre; ya que quien cree en Jesús, también lo hace en Dios Padre que lo envió para mostrar su mayor atributo: la Misericordia. Por eso, luego de vivir el Misterio Pascual, Jesús regresó a la Casa de su Padre para preparar una morada a cada persona pero retornará y nos tomará con Él, de modo tal que donde esté Jesús, también uno este. Es más, Jesús recuerda que cada ser humano sabe el camino a donde Él está, llegar allí depende del grado de unión íntima con Dios, que se concreta en hacer la Voluntad de Dios; por ende, por amor hacia Dios, el discípulo debe asumir actitudes de comprensión, de servicio y de amor con los demás, o mejor dicho, ser misericordioso con los otros. Y es que el amor y el servicio son los cimientos de toda comunidad pero al mismo tiempo conllevan al cabal cumplimiento de la Voluntad de Dios. Así las cosas, Jesús subió o volvió a la casa del Padre con el único motivo de preparar un lugar para todos sus discípulos pero luego volverá para llevar a sus discípulos junto al Padre. A pesar de lo anterior, Tomás, le dijo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” Responde Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.” Entonces, a pesar que el ser humano sabe el camino, siempre pregunta como Tomás: “Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos conocer el camino?”, a lo cual Jesús replica: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Así, Jesús ratifica que es la puerta por donde se entra al Cielo, en la medida que no hay otro Camino, Verdad ni Vida para llegar a la Casa del Padre, esto es, a la Gloria Eterna. En otras palabras, la Vida Eterna no se puede alcanzar por otro camino, mucho menos en la mentira que ofrece el mundo, pues la Vida después de la muerte está en Jesús. Luego, es en Jesús donde se debe depositar la confianza plena, toda vez que en la medida que el alma esté unida a Él, Jesús se convierte en el principio fundamento o la opción fundamental para todo ser humano. Frente a ello, enseña santa Faustina, ojalá uno comprenda y viva de esa manera,: “Me esfuerzo por la santidad, ya que con ella seré útil a la Iglesia. Hago continuos esfuerzos en las virtudes, procuro imitar fielmente a Jesús y esta serie de actos de virtud cotidianos, silenciosos, ocultos, casi imperceptibles, pero si cumplidos con gran amor, los pongo en el tesoro de la Iglesia de Dios para el provecho común de las almas. Siento interiormente como si fuera responsable por todas las almas, siento claramente que vivo no solamente para mi, sino [para] toda la Iglesia…” Num. 1505 DSF Sin embargo, agregó Jesús: “Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto.”. Ante ello, el apóstol Felipe le dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta.” Como anhelando querer ver al Padre pero Jesús le responde de forma clara y contundente, y ello vale hasta hoy: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.” Así las cosas, Dios no es alguien distante y desconocido, pues quien quiere saber cómo es y quién es Dios Padre, le basta mirar a Jesús, quien lo ha revelado con sus palabras y sus gestos en vida, mostrando el Rostro Misericordioso del Padre, pues las obras que realiza Jesús, las hace es Dios Padre. En otras palabras, Jesús es la imagen y el rostro humano de Dios. Ahora bien, ese ver o conocer a Jesús no es algo meramente físico o intelectual sino que parte del don de la fe dado por Dios mismo y se va acrecentando con la oración, ese encuentro personal con Dios. Luego, el conocimiento del Padre está condicionado al conocimiento que se tenga de Jesús; de forma tal que, que quien ve a Cristo, conoce y ve Dios Padre. En efecto, es a través de la obediencia que Jesús está totalmente identificado con Dios Padre y a ello invita a cada uno de sus discípulos, a identificarse con Él para hacer su santa Voluntad, que en últimas significa hacer la Voluntad de Dios Padre. Para finalizar, Jesús haciendo una promesa para aquellos que crean en Él, pues por medio de Jesús podrán llegar a hacer cosas buenas para los demás como Él lo hacía con la gente de su tiempo y aún mayores, porque todo lo que pidan, Jesús lo va a pedir al Padre y lo va a conseguir, con tal que sea para servir y glorificar a Dios Padre. Ello quiere decir que el ser humano necesita de Jesús para que su acontecer sea bondadoso y verdadero pero ello implica que debe acoger y creer en Cristo, que es la Opción Fundamental o el Principio Fundante de vida, la Vida Eterna. Razón por la cual, el ser humano, que es consciente de tener a Cristo como opción fundamental, debe asidua y frecuentemente elevar la siguiente plegaria, como lo hizo Santa Faustina: “+ Oh Jesús mio, dame la sabiduría, dame una inteligencia grande e iluminada por Tu luz, solamente para que Te conozca mejor, oh Señor, porque cuanto mejor Te conozca, tanto mas ardientemente Te amaré, unico Objeto de mi amor. En Ti se ahoga mi alma, en Ti se deshace mi corazón; no sé amar a medias, sino con todo el poder de mi alma y con todo el ardor de mi corazón. Tu Mismo, oh Señor, has incendiado mi amor hacia Ti, en Ti se ha sumergido mi corazón por la eternidad.” Num. 1030 DSF ¡Jesús, en Ti confío!