Reflexión del Evangelio según san Mateo 9:14-17

Reflexión del Evangelio según san Mateo 9:14-17

Buen día. El Evangelio (Mt 9:14-17) narra: «Entonces se le acercan los discípulos de Juan y le dicen: “¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?” Jesús les dijo: “Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, porque lo añadido tira del vestido, y se produce un desgarrón peor. Ni tampoco se echa vino nuevo en pellejos viejos; pues de otro modo, los pellejos revientan, el vino se derrama, y los pellejos se echan a perder; sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos, y así ambos se conservan.”» Este pasaje arranca con la pregunta de los discípulos de Juan entorno a la práctica del ayuno, costumbre muy antigua que Jesús mismo practicó durante 40 días pero de la cual dejó en libertad a sus discípulos en practicarla o no. Por ello, responde Jesús con la siguiente comparación en forma de pregunta: “¿Pueden acaso los amigos del novio ponerse tristes, estar de luto, cuando el novio está con ellos?” Mejor dicho, Jesús está con sus discípulos, es la fiesta de la boda; por ende, no deben ni pueden ayunar, sólo hasta el día que el novio se vaya, pues ese día será de luto. Así las cosas, la alegría es elemento característico de los discípulos de Jesús, quienes no deben vivir una vida de luto, tristeza o desaliento, pues Cristo llama a cimentar la vida en el gozo. La alegría está fundada en tener una relación sana y amigable con Jesús, toda vez que a todo momento Jesús está con el discípulo. Entonces, si el discípulo se une verdaderamente a Jesús es feliz y la tristeza en su vida sólo se presentará cuando abandone a su Maestro y Señor. Si el discípulo comprende esto, orienta su vida conforme a la Voluntad de Dios, que es el Amor y la Misericordia mismos. Continúa agregando Jesús que nadie pone un remiendo de paño nuevo en vestido viejo ni vino nuevo en odre viejo, dando a entender que tanto los discípulos de Juan como los fariseos, trataban de renovar la religión pero en realidad lo que hacían era poner remiendos, corriendo el peligro de comprometer y echar a perder tanto la novedad de la Buena Nueva del Evangelio con las antiguas costumbres; por ello, se debe saber separar las cosas, pues Jesús no está en contra de lo que es viejo pero tampoco quiere que lo viejo se imponga a lo nuevo; por eso, invita a ser una persona nueva por encima de las pretéritas reacciones, pensamientos, comportamientos y palabras, para lo cual se debe dejar actuar a Jesús, quien es el único que transforma con una nueva actitud, conducta y mentalidad, al dar un nuevo corazón, que ama y anhela estar siempre con Dios. En sí, esto es aceptar plenamente la Voluntad de Dios en la vida pero ello sólo se logra con una actitud de plena confianza. Ha de tenerse presente que quien cree en Jesús, ya ha vencido el poder del mal y no tiene tener tristeza sino total alegría, pues Jesús venció el poder del mal con su entrega en la Cruz, donde redimió el pecado de toda la humanidad y esa es la razón para que siempre esté invitando a que seamos una persona nueva, se le imite, negándose a sí mismo, siendo feliz y luchando contra el pecado para no caer en tentación pero ello se alcanza si somos capaces de conocerse a sí mismo, necesitado de Jesús y teniendo una relación sana con Él, lo cual conlleva que se deba decir como Jesús: ¡Hágase tu Voluntad, oh Dios y no la mía! Entonces con total libertad interior de corazón, oremos como santa Faustina: “Oh voluntad de Dios omnipotente, Tú eres mi deleite, Tú eres mi gozo, cualquier cosa que me dé la mano de mi Señor la aceptaré con alegría, sumisión y amor.- Tu Santa Voluntad, es mi quietud, en ella se encierra toda mi santidad, y toda mi salvación eterna, ya que cumplir la voluntad de Dios es la mayor gloria.- La Voluntad de Dios son sus distintos deseos, mi alma los cumple sin reserva, porque éstas son sus divinas aspiraciones en los momentos en que Dios concede sus confidencias.- Señor, haz de mi lo que te agrade, no te pongo ningún impedimento ni restricción, porque tú eres todo mi deleite y el amor de mi alma, y yo, igualmente, derramo ante Ti el torrente de mis confidencias.” Num. 1004 DSF ¡Jesús, en Ti confío!

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