Del santo Evangelio según san Mateo 13:14-43 y su reflexión

Del santo Evangelio según san Mateo 13:14-43 y su reflexión

Buen día. El Evangelio (Mt 13:24-43) expone que Jesús: «Otra parábola les propuso, diciendo: “El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: “Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?” El les contestó: “Algún enemigo ha hecho esto.” Dícenle los siervos: “¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?” Díceles: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero.”” Otra parábola les propuso: “El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas.” Les dijo otra parábola: “El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.” Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: – Abriré en parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo. – Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: “Explícanos la parábola de la cizaña del campo.” Él respondió: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.”». Presenta como Jesús enseña alguna de las parábolas del Reino de Dios: La de la cizaña y el trigo (24-30), la del grano de mostaza (31-32), y la de la levadura (33). Su finalidad es corregir las expectativas de los judíos de la época de Jesús, quienes creían que el Reino de Dios irrumpiría con fuerza y poder y eliminaría con todo aquello que le fuera contrario. En otras palabras, Jesús pretende explicar a sus oyentes que Él ha venido a instaurar el Reino de Dios pero no con poder e inquisición sino inaugurando los tiempos nuevos del Amor y la Misericordia, de forma gradual, en la cotidianidad de la historia y por ello a veces pasa inadvertido; sin embargo, su obra lleva consigo una fuerza inherente, un dinamismo y un poder que transforma poco a poco o va cambiando la historia desde dentro, según el proyecto de Dios. Entonces, la parábola del trigo y la cizaña muestra el destino final de tales plantas, de donde se dilucida y vislumbra que las decisiones y acciones de cada persona tienen incidencia en su propio futuro, en su destino final. El alma humana es ese campo donde está sembrada la bondad de Dios pero donde también reside ese deseo de obrar no de forma grata y agradable a Él, esa inclinación a obrar el mal, como consecuencia del pecado original, es decir, aquella herida a la naturaleza humana llamada concupiscencia. De forma tal que en el interior del ser humano se libra la batalla entre la bondad y la maldad, la humildad y la soberbia, el amor y el egoísmo, la sencillez y la vanidad, la justicia y el pecado, etc.. En otras palabras, en la sociedad como en la propia vida personal y familiar, todo está entremezclado: cualidades buenas e incoherencias, aciertos y fallos, el bien y el mal pero al final de los tiempos vendrá la siega y serán separados quien se inclinaron a obrar el bien de aquellos que por el contrario fue hacia el mal. Por tanto, cada persona debe ser responsable y consciente que los actos realizados en esta vida tienen eco en la Eternidad. Otra enseñanza de esta parábola es la paciencia de Dios, quien da tiempo a cada persona para que recapacite y espera con total sosiego por su conversión hasta el límite final, esa es la Misericordia Eterna e Infinita de Dios. En esa misma medida se debe actuar con los hermanos o semejantes que exasperan con actitudes contrarias a la manera de pensar y ver la vida que uno tiene. Luego, uno debe también debe ser paciente con los hermanos, brindándoles oportunidades para su cambio y esperando su pronta conversión. Por su parte, en las parábolas del grano de mostaza y la levadura, Jesús narra historias sacadas de la vida diaria que sirven como medio de comparación para ayudar a la gente a descubrir el misterio del Reino de Dios. Para meditarlas, no se debe descubrir lo que cada elemento de las historias quiere decir sobre el Reino sino mirar la historia en si misma como un todo y tratar de descubrir cuál es el punto central entorno al que fue construida, pues será este hito el que servirá como medio de comparación para revelar el Reino de Dios. En la primera se ve que el Reino no es algo abstracto o una idea sino que una pequeña presencia, humilde en medio de la humanidad, que casi no se ve pero aún siendo pequeña, crece y suscita esperanza; y en la segunda se descubre que el Reino de Dios, a pesar de estar en un medida pequeña, es fermento para todo el ser y así está presente en uno; razón por la cual, es claro que el discípulo de Jesús necesariamente debe tener un corazón pequeño y humilde que no se confíe en sus propias capacidades sino en la potencia de la Gracia y Amor de Dios en él, pues está llamado a hacer presente el Reino de Dios en su entorno, de forma tal que todo sea impregnado o insertado en el Reino de Dios, porque sólo Dios Todopoderoso puede hacer que cambie hasta lo que más difícil parece. En palabras del Papa Francisco, esto es lo que Jesús quiere decirnos: “No te preocupes si sólo eres una semilla diminuta. Siémbrate en mi Corazón y verás hasta dónde puedes”. Luego, no hay excusa alguna para no hacerlo. Para finalizar, el pasaje presenta la explicación de la parábola del trigo y la cizaña por Jesús, a solicitud de sus discípulos, la cual permite ver la línea divisoria ente el bien y el mal, frontera que a menudo pasa por nuestro corazón, e invita a generar el bien: Ternura, amor, comprensión, generosidad, paz; es decir a implantar el Reino De Dios. Explica Jesús lo que sucede entre la buena semilla y la cizaña plantada en el campo, enseñando lo siguiente: 1) Quien siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; esto es, Jesús mismo; 2) El campo es el mundo; mejor dicho donde a diario transita o se toda la humanidad; 3) La buena semilla son los hijos del Reino, aquellos que han decido seguir a Jesús y llevar el mensaje de la Buena del Reino; 5) La cizaña son los hijos del Maligno, estos que han decido ser sus partidarios; 6) El enemigo que siembra la cizaña es el Diablo, pues sencillamente busca la división del ser humano; 7) La siega es el fin del mundo; y, 8) Los segadores son los ángeles. Con esa información dada por Jesús, Él procede a dar la aplicación concreta de la parábola para la vida, exponiendo que de la misma manera que se recoge la cizaña y se quema en el fuego, así será al fin del mundo porque el Hijo del hombre enviará a sus ángeles para que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad y los arrojen en el horno de fuego, momento donde será el llanto y el rechinar de dientes, mientras los justos brillarán como el sol en el Reino de Dios Padre. Finaliza Jesús con esta clara y concreta invitación: “Quien tenga oídos, que oiga” Entonces, no hay excusa para no releer el texto con estos elementos para comprenderlo y así mismo enfocarse en qué consiste el Reino de Dios, como el juicio final, el cual se basará en el amor dado; para comenzar a tomar una decisión plena e intensamente amorosa desde ya, de ser buena semilla y así alcanzar la Vida Eterna y desde esta vida terrena hacer brillar el Reino de Dios, sólo basta recordar y tener presente siempre que los actos desarrollados en esta vida tienen eco de Eternidad. Por ello, vienen como anillo al dedo estas palabras de santa Faustina: “(208) Deseo, Jesús mío, sufrir y arder con el fuego del amor en todos los acontecimientos de la vida. Pertenezco a Ti entera, deseo abismarme en Ti, oh Jesús, deseo perderme en Tu divina belleza. Tú me persigues, Señor, con Tu amor, como un rayo del sol penetras dentro de mí y transformas la oscuridad de mi alma en Tu claridad. Siento bien que vivo en Ti como una chispa pequeñita absorbida por un ardor increíble, en que Tú ardes, oh Trinidad impenetrable. No existe un gozo mayor que el amor de Dios. Ya aquí en la tierra podemos gustar la vida de los habitantes del cielo por medio de una estrecha unidad con Dios, misteriosa y a veces inconcebible para nosotros. Se puede obtener la misma gracia con la simple fidelidad del alma.” Num. 507 DSF ¡Jesús, en Ti confío!

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